Eran
las 11:30, salía de mi casa rumbo a la cita médica agendada para ese día,
intenté hacer tres llamadas para distraer mi mente del inminente suplicio, uno
de los contactos que busqué significaba mucho para mí, ninguna tuvo éxito,
encendí el que sabía sería el último cigarrillo en varios días e intentaba
pensar en otra cosa que no fuera mi cirugía. Algo de impaciencia había en mi
rostro, pues al llegar al centro la gente me dirigía miradas lastimeras e
inquisidoras intentando adivinar la pena que me abatía.
Así
es como llegue al consultorio a la hora acordada, como es mi costumbre llegar a
las citas, me saludaron desde dentro del consultorio, atendían a otro paciente,
al parecer un presbítero, pues le llamaban “padre” al hacerle recomendaciones
relacionadas a su endodoncia. Se abrió la puerta y el otro sujeto salió, al
tiempo que las doctores me hicieron pasar.
La cirujano maxilofacial se presento y comenzó
a hacerme preguntas acerca de mi persona con la evidente intención de
relajarme, dichas preguntas sólo lograron estresarme: “Sin duda es un
procedimiento traumático para que se empeñe tanto en distraer mi atención del leit motiv de mi visita”, pensé. Me
pidió que me recostara y colocó una especie de tela sobre el rostro que solo
dejaba expuesta mi nariz, boca y barbilla; podía asomarme por algún resquicio y
observar lo que acontecía, al momento que me pidió abrir la boca, notó este
detalle y me pidió que hiciera lo contrario con mis ojos “No tengo miedo a la
jeringa que anestesia”, pensé al tiempo que obedecía.
“Doctor,
páseme el bisturí”, dijo la cirujano dirigiéndose a un practicante. Pocos
segundos después sentí una presión nada tranquilizante en mi boca que dejaba
escapar una especie de sustancia acuosa, “Tiene una encía muy fibrosa”, exclamó
la cirujano; mi ignorancia comenzó a hacer sus prejuicios: “seguramente se debe
a mi vicio de fumar”, “Esta muy dura” repitió la cirujano y hacía más presión
en mi boca; de la cual un extraño olor comenzó a percibirse en la sala, yo no
adivinaba qué era hasta que reconocí una vaga nota a fierro y entonces comprendí
que ese olor provenía de la sangre que emanaba de mi boca. La cirujano termino
de hacer el corte en mi encía y exclamó: “se trata de una muela muy acostada,
costará mucho trabajo extraerla. Doctor, habrá que cortar hueso.” El auxiliar
le paso un no sé qué que conectó a la fresa y comenzó a emitir un ruido
espectral que se deterioro al entrar en contacto con el hueso; cierto es que en
ese momento no sentí dolor, terminó de hacer el primer corté y saco un
utensilio parecido a las llaves que se utilizan para cambiar llantas, era
curvo, sin duda “para hacer palanca” y entonces, comenzó la tortura…
Escuchaba
en mi oído derecho el crujir de mis huesos, parecía que los estaban moliendo,
un intenso dolor frío me recorrió hasta tocar mi alma y emití un quejido fuerte,
tal que detuvo el procedimiento para decir “no tengo apoyo, necesitaremos
fracturar el diente.” En ese momento comenzó el ruido familiar de la fresa que
por momentos me hacía sentir ese dolor agudo que llega hasta los dedos como
cuando uno visita al dentista para tratarse una caries, de nuevo saco la llave
y sin esfuerzo sentí como algo se desprendió de mi cuerpo: todo ha terminado,
pensé. De nuevo volvió al lugar con la llave y comenzó a hacer movimientos en
circulo, zig-zag, lineales, todos los imaginables que provocaban un ruido
verdaderamente lóbrego que hacía recordar algunos pasajes de la infernal
comedia, esos ruidos acompañados de quejidos lastimosos que tan solo de
recordar que salieron de mi ser me provoca nauseas y vergüenza por lo
desdichada estampa que ofrecía. Por fin un sonido hueco apareció liberándome de
mi sufrimiento y liberando el llanto incontenible, como las presas que rompen
sus diques al no poder contener por más tiempo tanta presión, sin quejidos,
sólo lagrimas y extraña respiración, como sentir paz y dolor al mismo tiempo.
Cuatro
minutos después, que a mí me parecieron una eterna breve gloria y después de
cambiar la tela que se encontraba sobre mi rostro que ya se asemejaba al mandil
de un carnicero escuché: “Vamos con la
de arriba, bisturí.” Sabía, por la radiografía que esa no me produciría trauma
y así fue, en otra cantidad igual de minutos se encontraba suturando la
reciente herida.
Faltaba
la última, yo sabía que era la peor, que era la más complicada y tan sólo de
evocar la experiencia de su hermana no pude más que reflexionar “Dios mío,
tales han sido los pecados cometidos por mi boca que merecen esta expiación,
ten piedad de mi, ¿quién está libre de culpa frente a tus ojos?” me pusieron
más anestesia y esperaron algunos
minutos, esta vez mi boca casi alcanzó la insensibilidad.
“Paseme
otro bisturí, este ya no corta, se lo acabó.” No hubo dolor, el tétrico ruido
de la primera fresa y nada, la segunda “para hacerse apoyo” y apenas un asomo
de incomodidad me hizo apretar con las manos el sillón. Llego la hora de la
llave, mismo procedimiento, menos dolor, peores ruidos; sin duda se debía a una
muela más compleja que la anterior, sentía el daño que se me infringía. “Ya
está, paseme…” no recuerdo el nombre de la pinza que vi sobre de mi, pero ahí empezó
de nueva cuenta el sufrimiento, esta vez pensaba al mismo tiempo: “Yo aquí
recostado, pensando en el amor que tanto me empeño en cuidar, ofrendando el
dolor para purificarle y ella no será capaz de devolver la llamada para saber
si he librado con bien esta tortura voluntaria, esta agonía sin final feliz
pues retornaré a los sufrimientos de la vida diaria y que por algunos días las
consecuencias de este procedimiento lograran distraer a mi alma de sus pesares
diarios, pesares que en gran parte se deben a su desprecio e indecisión”
Cuando
de nuevo volvimos al martirio y las pinzas se esforzaban por hacer su trabajo
mi alma oraba y ofrecía el dolor a Dios, lo ofrecía como acto de desagravio y
llego la desesperación de decirle “basta Dios mío, ya he dado suficiente de mi,
detén este dolor o de una vez llámame a tu presencia por siempre, ¿acaso no
alcanza con lo que he sufrido?”, de pronto, entre la lluvia de reclamos que
hacía, pensé: insensato, tu dolor por mortal que fuere, no alcanza ni para
pagar la culpa de tu concepción, ¿cómo hablas así al Dios vivo?, ¿cómo osas
ofrecer tu miseria a semejante divinidad?, tu pobredumbre humana no pagaría ni
el más venial pecado… y así, en un segundo de la desesperanza pasé a
comprenderlo todo y mi alma grito: Dios, tú que todo lo engrandeces, tú que tu
inmenso amor todo lo puede toma mi dolor y únelo al de mi Cristo redentor para
que dé fruto y sea luz en donde tenga que ser luz… y de pronto todo fue luz,
sentí como una presión dejaba de sentirse en mi boca, como el dolor abandonaba
mi cuerpo y una relajación tal que me hacía sentir alegre me inundo el corazón.
“Hemos
terminado” dijo la dentista, mira. Me mostró el último diente, era enorme y con
una raíz tan curva que arranco el hueso que la unía al maxilar. “Levántate con
cuidado” me encontraba mareado, no sé si por el dolor, no sé si por la
anestesia, no sé si por el tiempo que pase recostado (la cirugía se extendió
una hora veinte minutos más de lo planeado) o tal vez por las tres cosas, lo
importante es que había terminado, se acabó… me
rompieron la madre, no sé si por la imagen que presentaba con los labios impregnados de sangre seca y las
mejillas hinchadas, no sé si porque recordé que escupías mi
cariño.

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