domingo, 13 de octubre de 2013

El Día del Juicio

Eran las 11:30, salía de mi casa rumbo a la cita médica agendada para ese día, intenté hacer tres llamadas para distraer mi mente del inminente suplicio, uno de los contactos que busqué significaba mucho para mí, ninguna tuvo éxito, encendí el que sabía sería el último cigarrillo en varios días e intentaba pensar en otra cosa que no fuera mi cirugía. Algo de impaciencia había en mi rostro, pues al llegar al centro la gente me dirigía miradas lastimeras e inquisidoras intentando adivinar la pena que me abatía.

Así es como llegue al consultorio a la hora acordada, como es mi costumbre llegar a las citas, me saludaron desde dentro del consultorio, atendían a otro paciente, al parecer un presbítero, pues le llamaban “padre” al hacerle recomendaciones relacionadas a su endodoncia. Se abrió la puerta y el otro sujeto salió, al tiempo que las doctores me hicieron pasar.

 La cirujano maxilofacial se presento y comenzó a hacerme preguntas acerca de mi persona con la evidente intención de relajarme, dichas preguntas sólo lograron estresarme: “Sin duda es un procedimiento traumático para que se empeñe tanto en distraer mi atención del leit motiv de mi visita”, pensé. Me pidió que me recostara y colocó una especie de tela sobre el rostro que solo dejaba expuesta mi nariz, boca y barbilla; podía asomarme por algún resquicio y observar lo que acontecía, al momento que me pidió abrir la boca, notó este detalle y me pidió que hiciera lo contrario con mis ojos “No tengo miedo a la jeringa que anestesia”, pensé al tiempo que obedecía.

“Doctor, páseme el bisturí”, dijo la cirujano dirigiéndose a un practicante. Pocos segundos después sentí una presión nada tranquilizante en mi boca que dejaba escapar una especie de sustancia acuosa, “Tiene una encía muy fibrosa”, exclamó la cirujano; mi ignorancia comenzó a hacer sus prejuicios: “seguramente se debe a mi vicio de fumar”, “Esta muy dura” repitió la cirujano y hacía más presión en mi boca; de la cual un extraño olor comenzó a percibirse en la sala, yo no adivinaba qué era hasta que reconocí una vaga nota a fierro y entonces comprendí que ese olor provenía de la sangre que emanaba de mi boca. La cirujano termino de hacer el corte en mi encía y exclamó: “se trata de una muela muy acostada, costará mucho trabajo extraerla. Doctor, habrá que cortar hueso.” El auxiliar le paso un no sé qué que conectó a la fresa y comenzó a emitir un ruido espectral que se deterioro al entrar en contacto con el hueso; cierto es que en ese momento no sentí dolor, terminó de hacer el primer corté y saco un utensilio parecido a las llaves que se utilizan para cambiar llantas, era curvo, sin duda “para hacer palanca” y entonces, comenzó la tortura…

Escuchaba en mi oído derecho el crujir de mis huesos, parecía que los estaban moliendo, un intenso dolor frío me recorrió hasta tocar mi alma y emití un quejido fuerte, tal que detuvo el procedimiento para decir “no tengo apoyo, necesitaremos fracturar el diente.” En ese momento comenzó el ruido familiar de la fresa que por momentos me hacía sentir ese dolor agudo que llega hasta los dedos como cuando uno visita al dentista para tratarse una caries, de nuevo saco la llave y sin esfuerzo sentí como algo se desprendió de mi cuerpo: todo ha terminado, pensé. De nuevo volvió al lugar con la llave y comenzó a hacer movimientos en circulo, zig-zag, lineales, todos los imaginables que provocaban un ruido verdaderamente lóbrego que hacía recordar algunos pasajes de la infernal comedia, esos ruidos acompañados de quejidos lastimosos que tan solo de recordar que salieron de mi ser me provoca nauseas y vergüenza por lo desdichada estampa que ofrecía. Por fin un sonido hueco apareció liberándome de mi sufrimiento y liberando el llanto incontenible, como las presas que rompen sus diques al no poder contener por más tiempo tanta presión, sin quejidos, sólo lagrimas y extraña respiración, como sentir paz y dolor al mismo tiempo.

Cuatro minutos después, que a mí me parecieron una eterna breve gloria y después de cambiar la tela que se encontraba sobre mi rostro que ya se asemejaba al mandil de un carnicero escuché:  “Vamos con la de arriba, bisturí.” Sabía, por la radiografía que esa no me produciría trauma y así fue, en otra cantidad igual de minutos se encontraba suturando la reciente herida.

Faltaba la última, yo sabía que era la peor, que era la más complicada y tan sólo de evocar la experiencia de su hermana no pude más que reflexionar “Dios mío, tales han sido los pecados cometidos por mi boca que merecen esta expiación, ten piedad de mi, ¿quién está libre de culpa frente a tus ojos?” me pusieron más anestesia y esperaron  algunos minutos, esta vez mi boca casi alcanzó la insensibilidad.

“Paseme otro bisturí, este ya no corta, se lo acabó.” No hubo dolor, el tétrico ruido de la primera fresa y nada, la segunda “para hacerse apoyo” y apenas un asomo de incomodidad me hizo apretar con las manos el sillón. Llego la hora de la llave, mismo procedimiento, menos dolor, peores ruidos; sin duda se debía a una muela más compleja que la anterior, sentía el daño que se me infringía. “Ya está, paseme…” no recuerdo el nombre de la pinza que vi sobre de mi, pero ahí empezó de nueva cuenta el sufrimiento, esta vez pensaba al mismo tiempo: “Yo aquí recostado, pensando en el amor que tanto me empeño en cuidar, ofrendando el dolor para purificarle y ella no será capaz de devolver la llamada para saber si he librado con bien esta tortura voluntaria, esta agonía sin final feliz pues retornaré a los sufrimientos de la vida diaria y que por algunos días las consecuencias de este procedimiento lograran distraer a mi alma de sus pesares diarios, pesares que en gran parte se deben a su desprecio e indecisión”

Cuando de nuevo volvimos al martirio y las pinzas se esforzaban por hacer su trabajo mi alma oraba y ofrecía el dolor a Dios, lo ofrecía como acto de desagravio y llego la desesperación de decirle “basta Dios mío, ya he dado suficiente de mi, detén este dolor o de una vez llámame a tu presencia por siempre, ¿acaso no alcanza con lo que he sufrido?”, de pronto, entre la lluvia de reclamos que hacía, pensé: insensato, tu dolor por mortal que fuere, no alcanza ni para pagar la culpa de tu concepción, ¿cómo hablas así al Dios vivo?, ¿cómo osas ofrecer tu miseria a semejante divinidad?, tu pobredumbre humana no pagaría ni el más venial pecado… y así, en un segundo de la desesperanza pasé a comprenderlo todo y mi alma grito: Dios, tú que todo lo engrandeces, tú que tu inmenso amor todo lo puede toma mi dolor y únelo al de mi Cristo redentor para que dé fruto y sea luz en donde tenga que ser luz… y de pronto todo fue luz, sentí como una presión dejaba de sentirse en mi boca, como el dolor abandonaba mi cuerpo y una relajación tal que me hacía sentir alegre me inundo el corazón.

“Hemos terminado” dijo la dentista, mira. Me mostró el último diente, era enorme y con una raíz tan curva que arranco el hueso que la unía al maxilar. “Levántate con cuidado” me encontraba mareado, no sé si por el dolor, no sé si por la anestesia, no sé si por el tiempo que pase recostado (la cirugía se extendió una hora veinte minutos más de lo planeado) o tal vez por las tres cosas, lo importante es que había terminado, se acabó… me rompieron la madre, no sé si por la imagen que presentaba con los labios impregnados de sangre seca y las mejillas hinchadas, no sé si porque recordé que escupías mi cariño. 


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